Es curioso pensar lo mucho que ha cambiado la visión política internacional en España en apenas dos décadas. Todavía recuerdo que, hace poco más de veinte años, el Gobierno de España, entonces dirigido por el Partido Popular, participó activamente en la estrategia de Estados Unidos y sus aliados para intervenir en Irak. Aquella guerra provocó una enorme oposición social y política en España y convirtió el famoso «NO A LA GUERRA» en uno de los principales símbolos de la movilización política de aquella época.
Resulta todavía más curioso observar cómo han cambiado las posiciones desde entonces. Durante décadas, buena parte de la izquierda española, especialmente sus sectores más radicales, se presentó como profundamente contraria a la OTAN, al intervencionismo estadounidense y a las guerras impulsadas desde Washington. El soberanismo, el antimilitarismo y la defensa de una política exterior independiente formaban parte de ese discurso. Hoy, sin embargo, una parte importante de quienes se identificaban con aquellas posiciones se encuentra alineada con la defensa del rearme europeo, el envío de armamento y el sostenimiento de una guerra en el este de Europa.
Al mismo tiempo, cualquier posición que cuestione la política exterior dominante parece haber quedado reducida a etiquetas. Quien cuestiona la expansión de la OTAN, critica el envío de armas o defiende mantener relaciones económicas con Rusia puede ser presentado inmediatamente como «prorruso», «fascista» o «agente de Putin». El debate sobre los intereses concretos de España queda así sustituido por una clasificación ideológica del adversario.
La cuestión debería ser mucho más sencilla: ¿qué intereses tiene España en esta guerra? ¿Nos beneficia prolongar indefinidamente el conflicto? ¿Qué obtenemos enviando armas y aumentando nuestro gasto militar? ¿Qué consecuencias tiene para nuestra energía, nuestra industria, nuestra agricultura, nuestro comercio y nuestras relaciones internacionales? Y, sobre todo, ¿qué ocurre cuando las decisiones de política exterior se toman pensando primero en los intereses estratégicos de otras potencias?
España no debería necesitar elegir entre Washington y Moscú para tener una política exterior propia. Puede condenar una invasión, defender la integridad territorial de Ucrania y al mismo tiempo cuestionar determinadas decisiones de la OTAN, oponerse a la escalada militar y defender una salida diplomática al conflicto. No son posiciones incompatibles.
Lo verdaderamente preocupante es que la política exterior española vuelva a estar subordinada a bloques y alianzas mientras desaparece del debate una pregunta fundamental: ¿qué es lo que conviene a España? Hace veinte años, millones de personas salieron a la calle contra una guerra que consideraban contraria a nuestros intereses. Hoy, muchas de esas mismas posiciones han sido desplazadas por un discurso en el que aumentar el gasto militar y preparar a Europa para una guerra prolongada se presenta como una obligación inevitable.
Quizá haya llegado el momento de recuperar aquella pregunta que parecía tan sencilla: ¿para qué y para quién estamos entrando en esta guerra?

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