España conserva algunos de los puertos más importantes de Europa, pero ha perdido gran parte de su capacidad de transporte marítimo propio.

España fue durante siglos una de las grandes potencias marítimas del mundo. Controlaba rutas comerciales entre Europa, América y Asia, disponía de una enorme flota mercante y transportaba bajo bandera propia buena parte de las mercancías que conectaban tres continentes.

Más del 80% del comercio exterior español, medido en volumen, sigue moviéndose por mar. Sin embargo, la mayor parte de ese tráfico ya no es realizada por buques españoles. España conserva algunos de los puertos más importantes de Europa, pero ha perdido gran parte de su capacidad de transporte marítimo propio.

La marina mercante española contemporánea alcanzó su máximo desarrollo durante las décadas de 1970 y 1980. Desde entonces, las banderas de conveniencia y la deslocalización de empresas navieras redujeron progresivamente el tamaño de la flota nacional.

Actualmente existen alrededor de 203 buques controlados por armadores españoles, pero solo 84 navegan bajo bandera española. El resto opera bajo registros extranjeros, principalmente por motivos fiscales, regulatorios y de competitividad.

La comparación con otros países europeos resulta llamativa. Italia cuenta con cerca de 500 buques bajo su bandera. Francia supera los 200. Portugal registra más de 1.100 embarcaciones. España, pese a tener casi 8.000 kilómetros de costa, una posición estratégica entre Atlántico y Mediterráneo y algunos de los puertos más importantes de Europa, apenas mantiene una fracción de la capacidad que cabría esperar.

Una marina mercante propia aporta autonomía logística, capacidad de reacción ante crisis internacionales y mayor control sobre las cadenas de suministro. Cuando se producen conflictos, bloqueos marítimos o interrupciones comerciales, los países que disponen de una flota relevante tienen una ventaja estratégica evidente.

La situación actual cobra aún más importancia en un contexto de tensiones energéticas y crisis internacionales. España depende de importaciones de energía, materias primas y mercancías esenciales que llegan por mar. Sin embargo, gran parte de ese transporte depende de navieras extranjeras y de decisiones que escapan al control nacional.

España controla uno de los puntos marítimos más importantes del planeta a través del Estrecho de Gibraltar. Puertos como Algeciras, Valencia, Barcelona, Bilbao, Cartagena o Las Palmas mueven millones de toneladas de mercancías cada año.

Sin embargo, gran parte del valor añadido generado por ese comercio termina fuera de España. La diferencia entre tener puertos y tener una marina mercante es enorme. Un puerto cobra tasas y presta servicios. Una naviera controla los barcos, las rutas, los contratos de transporte y una parte mucho mayor de los beneficios.

Cuando una nación pierde la capacidad de transportar por sí mismo una parte significativa de su comercio, también pierde una parte de su soberanía económica.

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