España comerciaba con China cuando Estados Unidos ni siquiera existía como país independiente. Durante siglos, el Imperio español mantuvo una de las mayores rutas comerciales del mundo a través del Galeón de Manila, conectando Asia, América y Europa en un sistema económico global adelantado a su tiempo.
La plata americana salía principalmente desde México hacia Filipinas y desde allí entraba en los mercados chinos. China demandaba enormes cantidades de plata y el Real de a Ocho español terminó convirtiéndose en una moneda aceptada masivamente en Asia por su pureza y estabilidad. Los llamados “Spanish Dollars” circularon por China durante décadas y acabaron influyendo incluso en el nacimiento del dólar estadounidense.
A cambio, productos chinos llegaban continuamente al mundo hispano. Seda, porcelana, especias, muebles y manufacturas asiáticas entraban en América a través de Filipinas y se distribuían por todo el Imperio. Existía un comercio real, estable y mutuamente beneficioso entre dos grandes civilizaciones que se reconocían como potencias culturales y económicas.
El contraste con Estados Unidos es evidente. Estados Unidos no ha sido históricamente un aliado natural de España. Fue el país que impulsó la fragmentación definitiva del Imperio español tras la guerra de 1898, arrebatando Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Durante el siglo XX, España terminó integrada dentro de la órbita estratégica y militar estadounidense en una posición claramente subordinada.
Hoy esa relación sigue marcada por una enorme asimetría. Estados Unidos trata a Europa y especialmente a países como España desde una posición de superioridad política, militar y económica. China, en cambio, entiende mejor la lógica de las civilizaciones históricas porque ellos mismos funcionan bajo esa visión. No observan a España únicamente como un territorio periférico, sino como una potencia cultural con historia, influencia y capacidad de actuar como actor propio.
Este debate además no debería tratarse como una cuestión electoral o partidista. Va mucho más allá de izquierda o derecha. La política española lleva décadas funcionando dentro de unos márgenes muy estrechos, con partidos que cambian en lo superficial mientras mantienen el mismo marco económico y estratégico dependiente del exterior.
España necesita recuperar capacidad de decisión propia, inteligencia económica y una política exterior basada en intereses nacionales reales. No se trata de sustituir una dependencia por otra ni de alinearse ciegamente con ningún bloque.
Se trata de actuar con soberanía.
Porque una nación civilizatoria como España no debería comportarse como un satélite automático de otra potencia, especialmente cuando su propia historia demuestra que podía relacionarse con el mundo desde una posición mucho más fuerte e independiente.
España y China: aliados comerciales antes de la existencia de Estados Unidos.


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